Textos de Opinión

Mensaje de Advertencia

Los siguientes textos son de opinión y no representa el punto de vista del programa de Doctorado Interinstitucional en Educación ni de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Apuntes para entender la situación de los indígenas asentados en el parque Nacional de Bogotá

Sandra Soler Castillo
Docente
Doctorado Interinstitucional en Educación
Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Asentamiento indígena en parque Nacional

Hace casi 30 años tuve el primer contacto con los indígenas que habitaban Bogotá. Compartí muchas experiencias y aprendizajes con los inga; por ese entonces organizados en el único cabildo indígena de la ciudad. Ellos llegaron a la capital por cuestiones particulares, como pueblos nómadas dedicados históricamente al comercio. Eso hacían en el centro de Bogotá: vendían sus productos de medicina tradicional, amuletos y otros artículos. Muchos años después empecé a ver indígenas pidiendo dinero en los puentes peatonales, pero no eran inga, eran de otras comunidades, seguramente del pueblo embera. La mayoría eran mujeres que se sentaban en los puentes rodeadas de sus hijos. Mujeres con la mirada perdida, la vista agachada y en ocasiones con ciertos gestos agresivos. Dolía verlos en esa situación de mendicidad (esta palabra suena dura y me cuesta escribirla, pero creo que era así). Entonces me preguntaba, ¿por qué estaban aquí?, ¿qué los llevaría a salir de sus territorios?

Hoy, más de 480 familias, la mayoría mujeres y niños, se han asentado en el parque Nacional. Llevan más de dos meses viviendo en carpas construidas con palos y plástico; allí cocinan en fogones de leña y lavan ropa y se asean en una pileta. Los veo todos los días cuando salgo a caminar por el sector y me surge la misma...

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Nosotros y ellos. Polarización en las marchas en Colombia

Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
DIE-UD

Clasificar y dividir a través de valores diferenciados entre Nosotros y Ellos es una práctica social y cultural generalizada. Piénsese en la antigua Grecia y su clasificación de ciudadanos y no ciudadanos y de individuos libres y esclavizados. Como estrategia discursiva se le conoce dentro de los estudios críticos como polarización y constituye la base de todas las ideologías. Lo que resulta paradójico es que después de tantos siglos de supuesto desarrollo y “civilización” estemos frente a la misma lógica binaria excluyente. Esto nos dice algo muy importante: Funciona. Y funciona hoy más que nunca.

Si miramos el panorama de lo que sucede en la actualidad en Colombia en relación con las marchas, la polarización está ahí presente. Basta con mirar el discurso de los políticos, de los medios de comunicación o de la población civil. Para ejemplificar lo dicho me referiré a un hecho reciente: la entrevista del 28 de abril, día de inicio del paro nacional, del periodista de Blu Radio Néstor Morales al gobernador del pueblo indígena Misak, Pedro Velasco a propósito del derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali. El diálogo se desarrolla de la siguiente manera: pregunta el periodista al gobernador indígena: “¿en algún momento, ustedes se plantearon hacer las cosas a las buenas?, ¿dar un debate de manera civilizada?”. Y continúa “¿y entonces ustedes se sienten en el derecho de hacer las cosas violentamente? Prosigue: “¿en este mundo que ustedes ven en blanco y negro por qué deciden hacerlo hoy el día del paro?” y concluye: “¿señor Velasco, ¿cuál es el problema que tienen ustedes con el resto del país? Yo soy un mestizo como la inmensa mayoría, como el 99 por...

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Eran tan solo niños, niños de sus casas

Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación, DIE-UD

No tuvieron derecho a hablar, no los dejaron defenderse. Jair Cortés (14), Álvaro Caicedo (14), Leyder Cárdenas (15), Juan Montaño (15) y Jean Paul Cruz (16) cometieron tres delitos: elevar cometa, bañarse en un lago y comer caña de azúcar. Los agravantes fueron ser menores de edad, ser varones, vivir en un barrio marginal y ser negros; el veredicto, su culpabilidad y la condena, su muerte. ¡Qué fácil resulta acabar con la vida de las personas en Colombia!

Dos fenómenos impresionan de esta infame masacre, la reiterada indolencia del pueblo colombiano y la manera tan prejuiciosa como los medios de comunicación informan y las personas construyen representaciones sobre los otros. A nadie parece importarle lo sucedido. Quizá algunos nos hayamos indignado y hasta horrorizado por un instante, pero el olvido llega pronto. Otros, en las redes sociales, con un descarado cinismo y perversión, han tratado de excusar los asesinatos atribuyéndolos a la condición social de los menores, a su género o a su color de piel o a todas juntas, intentando justificar la violencia con la lógica consabida de: “nada bueno estarían haciendo”.

Los medios de comunicación poco varían este discurso culpabilizador y prejuicioso. Incluso los noticieros dieron rápidamente paso a nuevas noticias. Al parecer, las masacres de niños no son hechos noticiables. Una vez pasada la novedad, como sucede siempre en este país, quedamos a la espera de la siguiente masacre, la siguiente muerte o quizá ni eso, mejor hablar de otras cosas, ¿qué tal hablar de la caída o subida en las encuestas del presidente Duque? o ¿hablar del número de reseña de la detención de Uribe? o ¿de las muertes por la Covid? no, eso ya no es noticia, mejor hablar de la humillación del Barça y la vergüenza que sufrió ante el Bayer. Claro, sin duda, una vergüenza mayor que la sufrida por un país que no puede garantizar el derecho fundamental de sus niños a la vida.

En general, al ver las noticias, molesta la poca seriedad de los periodistas, cómo eligen aquello que es noticiable y cómo construyen la noticia. Sin embargo, la manera como han informado sobre los hechos de la masacre de los cinco jóvenes de Cali es verdaderamente indignante. Para ilustrar, me centraré solo en la manera como el noticiero RCN, en emisión de las 7:00 p.m. del 12 de agosto...

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En memoria de George Floyd

“No puedo respirar”, éstas fueron las últimas palabras de George Floyd. Si no conociéramos el contexto, quizá podríamos pensar que esta sería la última frase de muchas personas antes de morir. Pero no, eran las palabras de una persona que no estaba enferma y no tendría por qué haber muerto. Los hechos ocurrieron el 25 de mayo de 2020, George Floyd salía de un establecimiento donde compró una cajetilla de cigarrillos; el dependiente alertó a la policía sobre un sujeto negro que usó un supuesto billete falsificado de 20 dólares. De manera inusitada, teniendo en cuenta la poca gravedad del delito, se inicia un operativo policial en el que es detenido el automóvil en el que iba George Floyd, quien es sacado a la fuerza y “reducido”; sus manos son esposadas a la espalda; es tirado al suelo y los policías ponen sus rodillas sobre su espalda y su cuello. Comienzan ocho minutos agónicos para George Floyd. “No puedo respirar”, repite una y otra vez a los policías. De diversas maneras pide, incluso amablemente, que liberen la presión; finalmente, ya vencido, y presintiendo el desenlace, invoca a su madre. Los policías no lo escuchan o, lo que es peor, no quieren escucharlo. Tan acostumbrados están a estos brutales actos de violencia que sus oídos son sordos e indolentes. A los pocos minutos, al ser trasladado al hospital, muere George Floyd (46).

Sin embargo, ésta no es sólo la historia de George Floyd. Breonna Taylor (26), Jimmy Atchinson (21), Willie McCoy (20), Emantic Fitzgerald (21), D’ettrick Griffin (18) y otros 54 jóvenes afroamericanos han sido asesinados por la policía estadounidense en los últimos años. Esta ha sido la historia de la gran mayoría de la población negra desde su secuestro y traída a América por los esclavistas blancos. Son ya más de cuatro siglos de violencia ininterrumpida, de esclavitud, de trabajos forzosos, de violación de mujeres, de privación de derechos, y de negación de la posibilidad de una vida digna, con educación, con viviendas adecuadas, con salud, con trabajos decentes.

Con el caso de George Floyd, como ha pasado en otras ocasiones cuando escuchamos y vemos en la televisión historias como ésta, nos indignamos (desgastada palabra de tanto usarla, por cierto). Pensamos y nos cuestionamos cómo es posible que pasen estas cosas en pleno siglo XXI. Nos olvidamos que Occidente, y Norteamérica, en particular, fueron construidos sobre la base de la idea de la existencia de unos individuos superiores a otros: los...

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