Nosotros y ellos. Polarización en las marchas en Colombia

Mensaje de Advertencia

El siguiente texto es la opinión del autor y no representa el punto de vista del programa de Doctorado Interinstitucional en Educación ni de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
DIE-UD

Clasificar y dividir a través de valores diferenciados entre Nosotros y Ellos es una práctica social y cultural generalizada. Piénsese en la antigua Grecia y su clasificación de ciudadanos y no ciudadanos y de individuos libres y esclavizados. Como estrategia discursiva se le conoce dentro de los estudios críticos como polarización y constituye la base de todas las ideologías. Lo que resulta paradójico es que después de tantos siglos de supuesto desarrollo y “civilización” estemos frente a la misma lógica binaria excluyente. Esto nos dice algo muy importante: Funciona. Y funciona hoy más que nunca.

Si miramos el panorama de lo que sucede en la actualidad en Colombia en relación con las marchas, la polarización está ahí presente. Basta con mirar el discurso de los políticos, de los medios de comunicación o de la población civil. Para ejemplificar lo dicho me referiré a un hecho reciente: la entrevista del 28 de abril, día de inicio del paro nacional, del periodista de Blu Radio Néstor Morales al gobernador del pueblo indígena Misak, Pedro Velasco a propósito del derribamiento de la estatua de Sebastián de Belalcázar en Cali. El diálogo se desarrolla de la siguiente manera: pregunta el periodista al gobernador indígena: “¿en algún momento, ustedes se plantearon hacer las cosas a las buenas?, ¿dar un debate de manera civilizada?”. Y continúa “¿y entonces ustedes se sienten en el derecho de hacer las cosas violentamente? Prosigue: “¿en este mundo que ustedes ven en blanco y negro por qué deciden hacerlo hoy el día del paro?” y concluye: “¿señor Velasco, ¿cuál es el problema que tienen ustedes con el resto del país? Yo soy un mestizo como la inmensa mayoría, como el 99 por ciento de este país, ¿ustedes creen que nosotros el resto del país somos sus enemigos?”, “¿usted realmente cree lo que está diciendo? Me impresiona mucho ustedes cómo le han declarado la guerra al resto del país”.

Escuchar audio de entrevista:

El periodista Néstor Morales comienza por valorar la acción de los indígenas como incivilizada y por cuestionar la manera cómo asumen sus derechos, que confunden con la violencia, según el periodista. Afirma que los indígenas ven el mundo en blanco y negro, lo que los hace percibir a los demás como enemigos y los acusa de haberle declarado la guerra al país. Desde el inicio de la entrevista, el periodista manifiesta su parcialidad, de ante mano toma posición y desde allí hace las preguntas que en realidad no son preguntas sino juzgamientos basados en prejuicios y estereotipos históricamente construidos sobre la población indígena, como sujetos incivilizados, violentos y poco racionales. Pero la estrategia más peligrosa de Morales, después de deslegitimar a su interlocutor es polarizar a la población colombiana en un nosotros versus un ellos. Nosotros la mayoría mestiza, frente a ellos, la minoría indígena. Una minoría que además declara la guerra a la mayoría, que, en calidad de víctima, estaría en el legítimo derecho de defenderse.

Dejo de lado este hecho, que solo presento a manera de ejemplo de cómo se establece la polarización en los discursos y cómo este hecho constituye una estrategia que lleva a la legitimación de unos actores sociales y sus acciones y a la deslegitimación y estigmatización de otros.

Las polarizaciones no solo se refieren a las poblaciones, están presentes en distintos campos que resultan estratégicos, como la política. Nada más peligroso hoy día que los discursos de la derecha y la izquierda o los más actuales que enfatizan aún más las diferencias, de la extrema derecha y la extrema izquierda. Una extrema derecha que dice defender los derechos de las mayorías frente a los embistes de las minorías por acabar con eso que históricamente se ha construido como el orden moral occidental que da sustento a la democracia. Nosotros los civilizados, los buenos, los que hemos construido sociedades libres e igualitarias frente a los otros, bárbaros, violentos y que coartan las libertades. Polarización que el grueso de la población acepta sin el menor cuestionamiento y que lo lleva a no poder discernir en que extremo de la polarización se ubica. Lo más fácil y rápido es ponerse de lado de los” buenos”, nadie quiere estar del lado de los malos, es una simple lógica instintiva que, sin embargo, no funciona. Las supuestas mayorías, cargadas de valores positivos, no son mayorías, en realidad, se trata un reducido grupo de élite en el que se encuentran los políticos, pero sobre todo los grandes tenedores del capital. En el otro extremo, las minorías tampoco lo son, somos la mayoría del pueblo oprimido y manipulado.

El peligro de no diferenciar entre mayoría y minoría, a la luz de la polarización que estratégicamente se ha establecido, es que lleva, por citar tan solo otro ejemplo de la actual coyuntura, a confusiones como la siguiente: Un policía, hablo de un sujeto, no de la institución, ¿a qué polo pertenece? Acaso podemos llegar siquiera a imaginar que está en el lado positivo de la polarización. No. Él hace parte del pueblo. Su extracción es popular. Es tan solo un distractor en la línea de la polarización. Pasa como en la metáfora de las ramas que no dejan ver el bosque. El policía, no es el verdadero problema, ni siquiera La policía, como aparato represor del Estado. Qué fácil resulta enfrentar al pueblo con el pueblo. Debemos despejar el campo que nos nubla e impide identificar el foco o centro del problema. El problema es el tipo de orden social y político establecido y las instituciones que lo sostienen. El problema es la pobreza extrema en la que las elites políticas y económicas, minorías, sumieron al país. El problema es la violencia generalizada del país, las masacres, el asesinato de líderes sociales y de excombatientes de las Farc, el asesinato de todo aquel que disiente del orden económico y político imperante. El problema es el desplazamiento, la minería ilegal y el auge del narcotráfico. El problema es un Estado que no cumple con las obligaciones de proteger los derechos fundamentales de sus ciudadanos, entre ellos, el primero, el derecho a la vida, pero tampoco el derecho a vivir dignamente y en igualdad de condiciones. El problema es el Congreso de la República que no cumple su función ni responde al mandato del pueblo que lo eligió, sino a intereses particulares. El problema es el aparato legislativo y judicial que no tiene autonomía. Pero atención, que no se nos diga que estamos cuestionando la institucionalidad, porque no es así, esta estrategia de desviar el foco de atención es recurrente y no debe permitirse, lo que se cuestiona es el mal uso de las instituciones y la no independencia de los poderes del Estado.

Ahora bien, como docente que soy, pienso en el papel de la educación en el problema que vive el país. Y como me interesa llegar al fondo del problema, voy a hablar de las universidades privadas y su responsabilidad en la formación de los líderes políticos y de los administradores del país, quienes son, al final, los que toman las decisiones y trazan idearios. ¿Cómo no pensar en este momento en lo sucedido con el profesor de derecho de la Universidad del Rosario, que violó el derecho a expresarse de una de sus estudiantes, bajo la premisa de que las clases no son escenarios de debate político, sino de transmisión de contenidos?, véase video. Este caso, no es paradigmático, conozco varios casos de profesores de universidades privadas que humillan a sus estudiantes por venir de las provincias o de estudiantes que les hacen la vida imposible a compañeros de clase que ingresaron mediante el programa “ser pilo paga”. De estos hechos surgen preguntas como las siguientes: ¿qué entienden por educación las universidades privadas?, ¿cómo están formando a los futuros dirigentes del país?, ¿qué es para ellas la docencia?, ¿quién puede ser docente de una universidad privada y que cualidades debe tener? En últimas, ¿qué ética imparte? y ¿cuáles son los valores que transmite en sus estudiantes?

La respuesta podría ser jocosa, los valores del capital, pero no se trata de hacer chistes, sino de entender el problema. La realidad parece mostrar que hay un vacío ético profundo en la formación de las élites, no solo de Colombia sino del mundo. La tragedia que actualmente vive la humanidad es responsabilidad de lo que se hace en las universidades privadas, las universidades donde se educan los dirigentes del mundo entero. Unas élites formadas de espalda a la realidad social, sin ningún contexto sociopolítico ni histórico de lo que sucede en los países. Baste recordar lo sucedido recientemente con el exministro de hacienda, Carrasquilla, quien establece los impuestos a la canasta familiar, pero no tiene ni la más mínima idea de cuánto vale un huevo. Expertos conocedores, sin duda, de diversos campos disciplinares del conocimiento, sobre todo de aquellos que necesitarán en el futuro, como la economía, el derecho o la administración, pero con escasa formación en las humanidades. A las que, dicho sea de paso, menosprecian o acusan de alimentar la oposición a ese orden social y moral que ellos han implantado como paradigma de la humanidad. Servidores del capitalismo a ultranza, que beneficia el mantenimiento del status quo, es decir, la miseria, la exclusión y la muerte para la mayoría de la población y los privilegios para las élites. Profesionales educados sin el más mínimo sentido de conciencia social ni empatía, incapaces de ponerse en el lugar del otro, de entender su inconformismo y agotamiento.

La universidad pública también debe ser revisada, porque pareciera estar tomando el mismo rumbo de la universidad privada que favorece la racionalidad instrumental y la economía de mercado. La formación política y humanística se ha diluido y en ocasiones desaparecido, sus currículos son eurocéntricos y reproducen sólo los conocimientos y valores hegemónicos establecidos, sus prácticas se basan en el poder transmitido de manera vertical y sus estudiantes responden a un orden que homogeniza la población, con estudiantes mayoritariamente mestizos. Hay transformaciones que se escapan a nuestro accionar, pero hay otras que están a nuestra mano. Un paso inicial dentro del accionar del profesorado podría ser la transformación de los contenidos curriculares, podemos estudiar a Platón y Kant, leer y disfrutar a Víctor Hugo o Dostoievski, pero también debemos conocer lo que han escrito pensadores como Freire o literatos como Arguedas, Fuentes o Paz sobre nuestra realidad. No se trata como se viene pretendiendo en algunos espacios universitarios de continuar con las polarizaciones de o “ellos o nosotros”. Hay que salir de una vez por todas de esas lógicas binarias, que como se observa aquí, sobrepasan el campo de la política y habitan nuestro quehacer y nuestra vida. De igual manera, debe superarse la dicotomía teoría y práctica, los contenidos deben verse más allá de lo teórico, para que no nos pase lo de Carrasquilla, necesitamos también una suerte de praxiología, un saber hacer, que una y otra vez nos recuerde que la teoría y el conocimiento no sirven si no nos hacen mejores seres humanos, si no están pensados desde y para la vida y no para el mercado.

Corresponde a los docentes y a los estudiantes convertir las universidades y las clases en espacios de reflexión y debate (de nuevo, que no nos pase lo del profesor del Rosario, a quien, no puedo dejar de decir, condenamos con una velocidad nunca antes vista, en pocos segundos las redes ya habían acabado con la vida de este profesor, pero ¿cuántos nos detuvimos a pensar en nuestras propias prácticas, antes de lanzar la primera piedra?) Alguien, que no recuerdo, dijo alguna vez: “reflexionar es resistir”. Nada más cierto. Los estudiantes deben tener habilidades de pensamiento crítico y comunicación para transmitir sus ideas, para hacerse preguntas, para reflexionar sobre los problemas e ir más allá de lo que se observa en apariencia. Pensemos en la metáfora del iceberg que se emplea mucho en los estudios críticos del discurso para señalar lo poco que vemos frente a lo mucho que queda oculto. En la actualidad y frente a las marchas estamos frente a un problema ético y moral. La línea que va del bien al mal, no puede desdibujarse. No podemos permitir que nos saquen de este plano, porque nos llevarán seguro, a planos como la “fuerza – no fuerza”, en la lógica inferior-superior, en la que sin duda triunfará el más fuerte. Por qué no pensar mejor en el plano de la igualdad, donde no hay ni superior ni inferior. Se nos ha enseñado que lo contrario de la igualdad es la diferencia y no es así, igualdad y diferencia no son antónimos. Lo opuesto a la igualdad es la desigualdad. La diferencia es lo otro, lo no-idéntico y no puede cargarse de rasgos negativos, porque representa la pluralidad, que evita justamente que caigamos en las polarizaciones. Pensarán ustedes ¿a qué viene todo este asunto de la igualdad y la diferencia?  Negar la igualdad, la igualdad primera como seres humanos y la igualdad de derechos constituye la base de todas las formas de exclusión y discriminación. Por tanto, no puede ni debe ser admisible la idea de un nosotros y un ellos. Todos tenemos los mismos derechos y deberes.

El diálogo es la salida a los totalitarismos. Los políticos lo saben y recurren a él como último recurso, ya lo dijo Duque, dialoguemos, establezcamos “consensos”, aunque sus intenciones están lejos de una verdadera intención de diálogo. El diálogo es ante todo escucha, pero ¡qué poco nos gusta escuchar! Como señala lúcidamente la intelectual negra bell hooks “mi boca se mueve, pero lo que escuchas son tus propias palabras”.  Hace poco leía y escuchaba a políticos de diferentes tendencias afirmar que la polarización es positiva y necesaria, que supone variedad en las posturas y los discursos, que constituye una riqueza, que es saludable y que favorece el debate. Nada más alejado de la realidad. Tener puntos de vista diferentes no supone ir de un extremo a otro. No se trata de, como recriminaba Morales al gobernador Velasco, “ver el mundo en blanco y negro”, sino de ver diferentes matices, claroscuros, sombras que iluminan. El diálogo es la salida, no nos neguemos a él, no caigamos en las mismas lógicas del opresor, escuchemos y, sobre todo, propongamos salidas. Entre los discursos y las acciones de resistencia y los discursos y acciones contrahegemónicas, propositivas, hay una distancia enorme que debemos recorrer. Marchar sería el último mecanismo para “obligar” al diálogo. La comunicación para serlo ha de ser dialógica y cuando el que ejerce el poder solo hace monólogo y soliloquio es necesario elevar la voz, para advertir que en una sola dirección la palabra es ruido o es autoritaria.