Pasar al contenido principal
El siguiente texto es la opinión del autor y no representa el punto de vista del programa de Doctorado Interinstitucional en Educación ni de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Carta abierta a la comunidad y a Sergio Esteban Vélez

Enviado por stsolerc el

Norma gramatical, uso correcto, filología pura, rigor, alta cultura y orgullo nacional. El paraíso perdido del nuevo director del Instituto Caro y Cuervo

Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación
Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Confieso que el 6 de septiembre, cuando vi el video en YouTube de Sergio Esteban Vélez Peláez pensé que se trataba de una puesta en escena al estilo del personaje creado por Jaime Garzón, Godofredo Cínico Caspa. Me dio risa, mucha risa, y por unos días me olvidé de él, pero luego resultó que no, que era real, que había un nuevo director del benemérito Instituto Caro y Cuervo, y que era este señor. La comedia se convirtió en tragedia. (Vea el video aquí: https://www.facebook.com/reel/894220279967959)

La intervención discursiva del citado señor se puede resumir de la siguiente manera. El video está organizado mediante la estrategia argumentativa caos/orden/salvador. Vélez comienza con un diagnóstico catastrófico: el gobierno de Gustavo Petro habría perpetrado en el Instituto Caro y Cuervo “un crimen sistemático contra nuestra cultura, nuestra memoria y nuestra lengua castellana”. A ese presente contrapone en seguida un pasado glorioso: el Instituto habría sido “la máxima joya de la alta cultura colombiana”, un “templo sagrado” que convirtió a Bogotá en “la capital lingüística” del continente y que custodiaba con rigor “la elegancia y la norma del idioma español”. Continúa con la identificación de los responsables y de las pruebas de la supuesta destrucción. La “izquierda radical” habría convertido el Instituto en un “fortín del marxismo cultural”, al sustituir la “filología pura” por la decolonialidad, la “deconstrucción lingüística” y el “odio antipatriarcal”. Como evidencia, Vélez enumera investigaciones, publicaciones y actividades de investigadores del ICC relacionadas con el antirracismo, el género, los excombatientes de las FARC, la hoja de coca, Palestina y la desigualdad lingüística, todas presentadas como manifestaciones de activismo y adoctrinamiento. La explicación culmina en una narrativa ideológica más amplia y recurrente en estos últimos meses: la “agenda woke”, el gramscismo y la Escuela de Frankfurt habrían penetrado un “Instituto de alta lingüística”, llevado al desprecio de “la norma gramatical” y del “uso correcto del español” y, con ello, destruido la cohesión nacional. El relato se cierra invirtiendo el punto de partida: frente al presente catastrófico, Vélez anuncia la recuperación del orden: el Instituto volverá a ser “la máxima autoridad filológica del mundo hispano”, regresará el rigor y se recuperará “la lengua como orgullo nacional”. Por último, para lograr estos objetivos, él se erige como salvador y digno representante de la “patria milagro”.

Las afirmaciones de Vélez resultan problemáticas cuando se contrastan con la historia, los estudios del lenguaje y los avances de la lingüística como ciencia. Para empezar, cuando Vélez afirma que el Instituto Caro y Cuervo convirtió a Bogotá en “la capital lingüística de todo el continente americano y de la lengua española”, mezcla momentos históricos diferentes y construye con ellos una suerte de pasado glorioso inexacto. La famosa idea de la Atenas suramericana, una ciudad de gramáticos, filólogos, latinistas y hombres de letras, asociada a figuras como Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, es de finales del siglo XIX, muy anterior a la creación del Instituto Caro y Cuervo en 1942. Además, conviene recordarle al señor Vélez que ese pasado glorioso respondía también a una concepción clasista y elitista de la cultura, que se impuso durante más de un siglo. El dominio de la norma, el “buen hablar”, las buenas maneras y el conocimiento de la cultura clásica funcionaban como signos de distinción social y trazaban fronteras entre quienes eran considerados cultos y quienes quedaban del lado de la ignorancia, los iletrados, la incorrección o la barbarie. La pregunta que queda en el ambiente es qué pasado glorioso quiere recuperar Vélez cuando añora una época de “filología pura”, “elegancia” y “norma”, porque esa supuesta pureza nunca existió: la reflexión sobre la lengua estuvo desde entonces y está en la actualidad profundamente ligada a determinadas concepciones de cultura, nación, educación y orden social.

La “norma” que Vélez añora con gran entusiasmo tampoco es un concepto transparente ni ajeno a la historia lingüística. Durante siglos, buena parte de los estudios gramaticales y filológicos estuvo vinculada con la fijación y codificación de las lenguas. Gramáticas, diccionarios y ortografías contribuyeron a imponer determinadas formas como modelos del buen hablar y escribir, y las academias de la lengua adquirieron un papel central en su legitimación y difusión. La norma establecía así una frontera entre lo considerado correcto y lo incorrecto, lo culto y lo vulgar, lo prestigioso y lo estigmatizado. El problema es que las lenguas nunca funcionan de esa manera en la vida social. Varían según los territorios, los grupos sociales, las situaciones comunicativas y el tiempo. Lo que durante mucho tiempo se denominó “error” podía ser simplemente una variante perteneciente a otro dialecto, sociolecto o registro, que no gozaba del prestigio de la variedad estándar. La lingüística moderna no eliminó la norma, las sociedades siguen necesitando convenciones para determinados ámbitos de comunicación, pero permitió distinguir claramente entre describir cómo funciona una lengua y prescribir cómo deberían usarla sus hablantes. Incluso las academias actuales han incorporado esa transformación: la Nueva gramática del español combina explícitamente descripción y norma y reconoce la variación del español, incluidos los colombianismos, que a Vélez le deben saber muy mal.

Pero la cuestión se vuelve más compleja y problemática cuando la norma lingüística se vincula con la construcción de la idea de nación. La consolidación de los Estados nacionales estuvo acompañada muchas veces por procesos de estandarización que privilegiaron una lengua o una variedad como elemento de unidad nacional. Detrás del ideal de una nación, una lengua había una promesa de cohesión, pero también un mecanismo de homogeneización: otras lenguas, variedades y formas de hablar quedaron relegadas, estigmatizadas o excluidas de los espacios de prestigio, la educación y la administración. Colombia constituye justamente un caso revelador. En el proyecto político y cultural de la Regeneración de finales del siglo XIX, la lengua española se articuló con la religión católica y la herencia hispánica como fundamentos de la unidad nacional. No resulta entonces inocua la cadena que reaparece más de un siglo después en el discurso de Vélez: “norma”, “uso correcto”, “cohesión nacional”, “orgullo nacional” y, finalmente, como aporte propio del gobierno actual “patria milagro”. No son conceptos equivalentes ni puede afirmarse que conduzcan necesariamente al mismo proyecto político del siglo XIX. Pero su asociación recupera una vieja ideología lingüística: la idea de que la unidad de la nación requiere también una determinada unidad de la lengua y que proteger esta última significa proteger la patria. Idea que, por lo demás, no resulta novedosa: constituye un eco de discursos contemporáneos de las derechas radicales.

Vélez relaciona la idea de la norma con la pureza en lo que denomina “filología pura”, que también añora recuperar. No quiero decir que la filología desapareció con el desarrollo de la lingüística moderna. Sin embargo, a lo largo del siglo XX dejó de constituir el horizonte exclusivo o privilegiado para comprender los fenómenos de la lengua y el lenguaje al cambiar sus preguntas, sus objetos y sus métodos. La dialectología, la sociolingüística, la etnolingüística, la pragmática, el análisis del discurso y otros campos desplazaron la mirada de la lengua entendida únicamente como sistema o como norma hacia la lengua en uso y hacia sus relaciones con la sociedad y la cultura. Con ello entraron necesariamente en el campo de estudio fenómenos como la variación, el prestigio, la desigualdad, las identidades y las relaciones de poder. Contrario a lo que piensa Vélez, categorías como clase social, raza, etnia y género no llegaron a los estudios del lenguaje como una extravagancia ideológica contemporánea ni como producto de una supuesta “agenda woke”. Se convirtieron en problemas de investigación porque las lenguas existen en sociedades concretas, son habladas por sujetos socialmente situados y sus usos expresan y reproducen relaciones sociales, además de constituir mecanismos de crítica y resistencia.

Señor Vélez, sepa usted que la actual lingüística no es una desviación o aberración científica producto del marxismo. Las ciencias no permanecen inmóviles ni conservan intactos durante siglos sus objetos de estudio, sus métodos ni sus tareas. Avanzan porque nuevos problemas sociales, nuevas teorías, nuevos datos y nuevas herramientas permiten observar dimensiones de los fenómenos que antes permanecían invisibles o se consideraban irrelevantes. Esto no significa que todo lo nuevo sea necesariamente mejor ni que los enfoques anteriores pierdan su valor. Significa que el conocimiento se transforma, avanza y se complejiza. Pretender que una institución dedicada a la investigación vuelva a una supuesta “pureza” disciplinar no equivale, por tanto, a recuperar ese rigor en el que usted tanto énfasis pone. Puede significar exactamente lo contrario: renunciar a décadas de desarrollo científico y a preguntas que hoy forman parte legítima de los estudios sobre la lengua, el lenguaje o el discurso y sobre la sociedad y la cultura.

Cuando nos adentramos con seriedad en los planteamientos del niño poeta, como llaman a Vélez, la risa desaparece. Discursos como este pueden resultar caricaturescos por sus excesos, pero no son ingenuos ni están aislados: forman parte de un repertorio ideológico más amplio que hoy articula, con distintos matices, neoconservadurismo, nuevas derechas y sectores religiosos alrededor de nociones como patria, familia, tradición, orden y lucha contra la llamada “agenda woke”. En ese marco, preocupan menos los exabruptos que la lógica que los sostiene: antes que discutir los objetos, métodos y resultados de las investigaciones que cuestiona, Vélez las descalifica mediante etiquetas como “marxismo cultural”, “adoctrinamiento”, “agenda woke” u “odio antipatriarcal”. Así la sospecha antecede al argumento. Y quizá no sea casual que, frente a la diversidad y la complejidad, reaparezcan precisamente dos viejas palabras: “norma” y “pureza”. Ambas trazan fronteras. La norma separa lo correcto de lo incorrecto; la pureza, lo propio de lo ajeno. Aplicadas a la lengua, la cultura o la sociedad, pueden convertir la diferencia en desviación y lo que no cabe en un orden previamente establecido en amenaza. Lo que después se haga con estos excedentes es preocupante.

Señor Vélez, el paraíso perdido que usted evoca existe únicamente en su imaginación. El Instituto no necesita guardianes de una visión excluyente de la lengua y la ciencia, sino personas capaces de comprender la pluralidad del conocimiento y la diversidad inherente a la lengua. Por el bien de la institución que tanto ensalza, procure estar a la altura de lo que esta representa.

Bogotá, octubre 2 de 2026