La semana pasada, la Academia Sueca otorgó el premio Nobel de literatura al escritor húngaro László Krasznahorkai, autor de una valiosa propuesta narrativa, en donde figuran las novelas Tango Satánico, Melancolía de la Resistencia y Herscht 07769, entre otras. En nuestro medio, Krasznahorkai es quizá más conocido por ser el guionista de cabecera del cineasta Béla Tarr. Debemos a la complicidad y afinidad de estos dos genios una adaptación de Melancolía, conocida como Las Armonías de Werckmeister y El caballo de Turin, la película premiada en el año 2011 en el Festival de Berlín.
Por afinidad me refiero al tono, a los asuntos, a una ciertas temáticas y tratamiento común. Impera en estas obras —en las piezas narrativas de Krasznahorkai y en las películas de Tarr— una pregunta por el futuro de la humanidad, o por la condición del hombre situado frente al fin de los tiempos, ante un futuro caótico; quizá un aire de fatalismo y de oscuridad, no obstante de resistencia, como puede deducirse de la variante de las tramas. Analicemos algunos detalles de El Caballo de Turín, película que se extiende visualmente a lo largo de dos horas y media.
Una historia con Nietzsche
La película abre con una significativa anécdota, en voz del narrador que se deja oír esporádicamente:
En Turín, el 3 de enero de 1889, Federico Nietzsche salió a la puerta número 6, Vía Carlo Alberto, tal vez a pasear, tal vez para ir a recoger su correo. No lejos de él, o de hecho, muy apartado de él, un cochero tiene problemas con su testarudo caballo. A pesar de su insistencia, el caballo se rehusaba a moverse, con lo cual el cochero (¿Giuseppe?, ¿Carlo?, ¿Ettore?) pierde su paciencia y comienza a azotarlo. Nietzsche aparece entre la multitud y pone fin a la brutal escena del cochero, quien para entonces, de la rabia, echaba espuma por la boca. Entonces, el filósofo salta al carro y abraza el cuello del caballo. Sollozando, es llevado por su vecino a casa donde se recuesta en silencio por dos días en un diván hasta que masculla sus últimas palabras: “Mutter, ich bin dumm”, y vive por otros diez años, gentil y demente, bajo el cuidado de su madre y hermanas. Del caballo, no sabemos nada.
Falsa o verdadera, esta historia da lugar a una película enigmática. Imaginémonos por un momento un lugar del mundo; podría ser cualquier lugar, pero acá es una tierra despoblada, agreste, seca, amenazada por una interminable tormenta de viento y polvo que amenaza con arrasar las precarias construcciones humanas. Tarr nos ofrece una historia. Podríamos pensar que se trata del cochero y del caballo al que abrazó Nietzsche, que ahora lleva su carreta por este país de viento y polvo implacable, hasta llegar a su casa en donde convive con su hija. Nada acontece salvo los detalles de la llegada, soltar el coche, amarrar el caballo en la pesebrera. La hija, por su parte, ayuda a cambiar de prendas al viejo, prende la hornilla, trae agua del pozo próximo, sirve y pela unas papas, el único alimento con que se cuenta aparte de unos breves tragos de palinka, mientras afuera se desata cada vez con más bríos la tormenta.
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A lo largo de seis días nada distinto acontece, salvo la esporádica visita de un hombre que viene de la ciudad, anunciando que ha llegado el final de los tiempos. Una banda de gitanos amenaza con beberse el agua del pozo e intenta convencer a la hija de que huya con ellos en un miserable carromato. Se agota el agua, se extinguen las luces, se cierran las puertas; el caballo se resiste a tomar su precario alimento; el intento de partir por parte de esta pareja se vuelve infructuoso.
El árbol de la montaña
Veamos, por ejemplo, una de las más bellas escenas, la del día cuarto (minuto 118’) en que padre e hija han decidido partir y arrastran la pesada carreta colina arriba. Arriba un solitario árbol espera a los viajeros, agitado por el viento inmisericorde. La toma evoca aquella otra toma famosa que uso Bergman en el Séptimo Sello, para mostrarnos la fila de los condenados. El camino es agotador, se oye el chirrido de las ruedas; la cámara —casi fija, realizando un zoom casi imperceptible-— desde la distancia, los observa luchar contra el viento; aparecen y desaparecen como si hubieran visto algo al otro lado —¿la destrucción, el juicio final, Armagedón?-—. La pareja inicia el camino de regreso, sumida en una desolación, si cabe, aún mayor. El suplicio es la espera, la circularidad, la imposibilidad de escapar. En este purgatorio, los seres están condenados a emprender cada jornada como si aún participarán de la idea de que existe otra forma de vida.
En Tarr la cámara a veces lenta, a veces detenida en planos que se dejan recorrer en cada uno de sus detalles mínimos, cuenta también la historia de las piedras, del polvo, del viento, de las briznas, de los rescoldos que se resisten a ser arrasados; cada pliegue, cada fractura de las tramas del tiempo en la madera toman protagonismo; también, la historia de los cuerpos, el del viejo y el de su hija, ambos azotados por el viento implacable; cuerpos que se inclinan para resistir y luchar; que no cejan, que siguen con sus dedos ateridos pelando las papas (los frutos de esta tierra desolada) que los mantienen vivos a pesar de no haber escapatoria.
Llanto y silencio
¿Hay acaso una conexión directa entre la escena que hizo llorar a Nietzsche y este fin de una humanidad sumida en un túnel sin salida? La frase de Nietzsche, si es cierta, parece que no la dijo en voz alta sino que se la susurró al caballo maltratado. Mutter, ich bin dumm quiere decir Madre, qué tonto he sido. ¿Era al fin de las cuentas, un balance de su lucha, una forma de darse por vencido, de cejar en su resistencia? Poco a poco, tras seis días de agotamiento, estos personajes van perdiendo el agua, el fuego, la luz: solo queda el susurro del viento y al final el silencio absoluto del séptimo día.
Referencias
Béla Tarr y Ágnes Hranitzky [directores]. El caballo de Turín. (Hungría). Guión de Béla Tarr y László Krasznahorkai. 146 minutos.