Textos de Opinión

Mensaje de Advertencia

Los siguientes textos son de opinión y no representa el punto de vista del programa de Doctorado Interinstitucional en Educación ni de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Eran tan solo niños, niños de sus casas

Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación, DIE-UD

No tuvieron derecho a hablar, no los dejaron defenderse. Jair Cortés (14), Álvaro Caicedo (14), Leyder Cárdenas (15), Juan Montaño (15) y Jean Paul Cruz (16) cometieron tres delitos: elevar cometa, bañarse en un lago y comer caña de azúcar. Los agravantes fueron ser menores de edad, ser varones, vivir en un barrio marginal y ser negros; el veredicto, su culpabilidad y la condena, su muerte. ¡Qué fácil resulta acabar con la vida de las personas en Colombia!

Dos fenómenos impresionan de esta infame masacre, la reiterada indolencia del pueblo colombiano y la manera tan prejuiciosa como los medios de comunicación informan y las personas construyen representaciones sobre los otros. A nadie parece importarle lo sucedido. Quizá algunos nos hayamos indignado y hasta horrorizado por un instante, pero el olvido llega pronto. Otros, en las redes sociales, con un descarado cinismo y perversión, han tratado de excusar los asesinatos atribuyéndolos a la condición social de los menores, a su género o a su color de piel o a todas juntas, intentando justificar la violencia con la lógica consabida de: “nada bueno estarían haciendo”.

Los medios de comunicación poco varían este discurso culpabilizador y prejuicioso. Incluso los noticieros dieron rápidamente paso a nuevas noticias. Al parecer, las masacres de niños no son hechos noticiables. Una vez pasada la novedad, como sucede siempre en este país, quedamos a la espera de la siguiente masacre, la siguiente muerte o quizá ni eso, mejor hablar de otras cosas, ¿qué tal hablar de la caída o subida en las encuestas del presidente Duque? o ¿hablar del número de reseña de la detención de Uribe? o ¿de las muertes por la Covid? no, eso ya no es noticia, mejor hablar de la humillación del Barça y la vergüenza que sufrió ante el Bayer. Claro, sin duda, una vergüenza mayor que la sufrida por un país que no puede garantizar el derecho fundamental de sus niños a la vida.

En general, al ver las noticias, molesta la poca seriedad de los periodistas, cómo eligen aquello que es noticiable y cómo construyen la noticia. Sin embargo, la manera como han informado sobre los hechos de la masacre de los cinco jóvenes de Cali es verdaderamente indignante. Para ilustrar, me centraré solo en la manera como el noticiero RCN, en emisión de las 7:00 p.m. del 12 de agosto...

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En memoria de George Floyd

“No puedo respirar”, éstas fueron las últimas palabras de George Floyd. Si no conociéramos el contexto, quizá podríamos pensar que esta sería la última frase de muchas personas antes de morir. Pero no, eran las palabras de una persona que no estaba enferma y no tendría por qué haber muerto. Los hechos ocurrieron el 25 de mayo de 2020, George Floyd salía de un establecimiento donde compró una cajetilla de cigarrillos; el dependiente alertó a la policía sobre un sujeto negro que usó un supuesto billete falsificado de 20 dólares. De manera inusitada, teniendo en cuenta la poca gravedad del delito, se inicia un operativo policial en el que es detenido el automóvil en el que iba George Floyd, quien es sacado a la fuerza y “reducido”; sus manos son esposadas a la espalda; es tirado al suelo y los policías ponen sus rodillas sobre su espalda y su cuello. Comienzan ocho minutos agónicos para George Floyd. “No puedo respirar”, repite una y otra vez a los policías. De diversas maneras pide, incluso amablemente, que liberen la presión; finalmente, ya vencido, y presintiendo el desenlace, invoca a su madre. Los policías no lo escuchan o, lo que es peor, no quieren escucharlo. Tan acostumbrados están a estos brutales actos de violencia que sus oídos son sordos e indolentes. A los pocos minutos, al ser trasladado al hospital, muere George Floyd (46).

Sin embargo, ésta no es sólo la historia de George Floyd. Breonna Taylor (26), Jimmy Atchinson (21), Willie McCoy (20), Emantic Fitzgerald (21), D’ettrick Griffin (18) y otros 54 jóvenes afroamericanos han sido asesinados por la policía estadounidense en los últimos años. Esta ha sido la historia de la gran mayoría de la población negra desde su secuestro y traída a América por los esclavistas blancos. Son ya más de cuatro siglos de violencia ininterrumpida, de esclavitud, de trabajos forzosos, de violación de mujeres, de privación de derechos, y de negación de la posibilidad de una vida digna, con educación, con viviendas adecuadas, con salud, con trabajos decentes.

Con el caso de George Floyd, como ha pasado en otras ocasiones cuando escuchamos y vemos en la televisión historias como ésta, nos indignamos (desgastada palabra de tanto usarla, por cierto). Pensamos y nos cuestionamos cómo es posible que pasen estas cosas en pleno siglo XXI. Nos olvidamos que Occidente, y Norteamérica, en particular, fueron construidos sobre la base de la idea de la existencia de unos individuos superiores a otros: los blancos...

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