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Foto de Sandra Soler en la página del DIE-UD
Sandra Soler Castillo
Doctorado Interinstitucional en Educación

“Hay que sacar a Marx de la educación y hay que meter a Dios”: lo woke, las guerras culturales y la educación1

Introducción

En Colombia, la “Patria milagro” promete transformaciones que, más que avances, implican retrocesos, en particular en el campo educativo. La designación de Viviane Morales como ministra de Educación revive viejos debates que se creían superados, después de enormes luchas de los movimientos sociales en la búsqueda de derechos de las minorías, las mujeres, las comunidades LGTBIQ+ y, en general, de las diferencias, lo que, para esta señora, no han sido más que logros del “fachoprogresismo”. El debate está servido y veremos hasta qué punto puede utilizar el ministerio para revertir los derechos obtenidos hasta ahora.

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Ministra de educación designada por el gobierno de Abelardo de la Espriella
Haz click aquí: https://x.com/MoralesViviane/status/1984593465305399355/photo/1 

El propósito de este texto explicativo, en su mayor parte, es contribuir a la alfabetización política del profesorado, que, a pesar de lo que critica la derecha, es escasa. El objetivo es construir un marco para comprender las causas del resurgimiento de ciertas ideas que creíamos superadas. Para ello, introduciré el concepto de woke2, como base de la agenda progresista y aquello que, para los sectores de la derecha radical, constituye la amenaza contra la que hay que luchar;  lo ubicaré en el centro de las denominadas guerras culturales: la nueva arena política en la que se disputa el orden social y los valores que lo orientan; y, por último, presentaré el lugar de la educación en este escenario y cerraré con algunas breves reflexiones sobre la llegada de Viviane Morales al ministerio de Educación.

Contexto

El presidente argentino Javier Milei se refiere a la agenda woke como un “cáncer que hay que extirpar”, un “virus mental” y “la gran epidemia de esta época”, practicada por personas “extremadamente limitados intelectualmente”, que han conducido a que “Occidente esté en peligro”.  Para enfrentar este cáncer, prohibió el lenguaje inclusivo en toda la administración pública, incluidas las escuelas, afirmando que las únicas normas lingüísticas aceptadas son las de la Real Academia Española (RAE) y ordenó el cierre de instituciones que para él se sustentaban en “ideologías de género” como el Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad, el Instituto Nacional para la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, vetó la agenda 2030, en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y redujo el presupuesto de prestigiosas instituciones de investigación en temáticas relacionadas con la agenda woke.

Donald Trump, por su parte, a los nueve días de su posesión del segundo mandato, promulgó varias órdenes ejecutivas sobre la educación, contra lo que denominó “ideología de género” y “equidad discriminatoria”, que no fue otra cosa que órdenes expresas de retirar los fondos federales a las escuelas y distritos que promovían lo woke, basado en la identidad de género, el racismo o las iniciativas de Diversidad, Equidad e Inclusión, conocidas como DEI por sus siglas en inglés, también promulgó órdenes que exigían reorientar los recursos económicos para apoyar a los padres que optaran por colegios privados y religiosos para sus hijos y restauró la Comisión 1776, con el fin de incentivar una “educación patriótica” de la historia de Estados Unidos, en oposición a los enfoques teóricos que presentan en la actualidad al país como estructuralmente racista.

Estos discursos y acciones permiten anticipar que lo woke ya no designa de manera exclusiva un conjunto identificable de ideas progresistas, sino que se ha convertido en una categoría política amplia que agrupa fenómenos muy diferentes, como el feminismo, el antirracismo, la diversidad sexual, el multiculturalismo, el lenguaje o las políticas de reconocimiento, entre otros, que, para algunos sectores de la derecha radical, constituyen amenazas. A continuación, intentemos, entonces, descifrar qué es lo woke, cómo surgió y cómo se convirtió en amenaza para algunos partidos políticos y sectores de la sociedad.

Lo woke: evolución y desplazamiento semántico

Aunque el término se popularizó en épocas recientes, su nacimiento se remonta a la década de 1930, en Estados Unidos, cuando los afrodescendientes utilizaron la frase “stay woke”, que en español sería algo así como “¡mantente despierto!”; un llamado a estar alerta contra las agresiones y la violencia racista que podían venir de cualquier parte y en cualquier momento.

En el 2014, después del asesinato del afrodescendiente Michael Brown en Ferguson, el movimiento Black Lives Matter utilizó la etiqueta #StayWoke, que, con el auge de las redes sociales, se viralizó y amplió su significado a otras causas, como la justicia social de género expresada en el movimiento #MeToo y, de allí pasó a otros colectivos y sectores de las izquierdas y el activismo progresista, indicando que se debe estar alerta en la lucha contra las desigualdades estructurales.

Al unirse a la palabra cultura, woke funciona como adjetivo y designa un conjunto de valores y discursos asociados a las políticas identitarias y a la justicia social.

Lo woke y la academia

Lo que hoy se denomina woke no es un concepto aislado o relativo únicamente a ciertos movimientos sociales. Las ideas y reivindicaciones que fueron agrupadas bajo la etiqueta woke se fundamentaron, en gran medida en los postulados de distintas corrientes académicas, como la pedagogía crítica y los estudios decoloniales fuertemente desarrollados en América y del deconstruccionismo francés. Se trata, por tanto, de una recontextualización de los planteamientos teóricos surgidos en las facultades de estudios sociales, de educación y de humanidades hacia la sociedad, los media, la política y las instituciones.

De las pedagogías críticas, lo woke tomó la idea de la educación como práctica no neutral, y la necesidad de convertirla en un asunto político en la búsqueda de la libertad de los sujetos y la transformación de la sociedad.

Del giro decolonial rescató la idea de la necesidad de cuestionar el conocimiento hegemónico, pues según los autores que exponen esta teoría, aunque la colonialidad geopolítica terminó hace algunas décadas, la colonialidad del poder y del saber, permanecen: las universidades y los centros de pensamiento continúan reproduciendo una visión eurocéntrica, androcéntrica y racista que invisibiliza saberes y epistemologías otras, en lo que denominan epistemicidio. De allí la necesidad de decolonizar los currículos y las prácticas educativas.

Y del posestructuralismo y el deconstruccionismo tomó la idea de que no existen verdades fijas, esencias ni binarismos naturales, del tipo hombre/mujer, conocimiento/saber, centro/periferia, culto/popular, pues todo concepto es una construcción social codificada en el lenguaje que sostiene jerarquías de poder.

Estos tres enfoques epistémicos proporcionaron las herramientas analíticas para la revisión del lenguaje, el cuestionamiento de las normas de género y la crítica al concepto de verdad objetiva. Y de allí que los ataques de muchos políticos de derecha vayan directamente hacia la academia. En Francia, por ejemplo, el presidente Macron y su actual ministro de Educación han protagonizado sendos ataques a las universidades y a las facultades que defienden el fenómeno woke; igual ha pasado en Argentina con instituciones como el Conicet. Según sus detractores, hay que atacar la médula del “cáncer”. 

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Portal Página12 - La ofensiva conservadora en contra de los wokes
Fuente: https://www.pagina12.com.ar/395587-la-ofensiva-conservadora-en-contra-de-los-wokes-el-nuevo-ene/

Guerras culturales (culture wars)

En términos generales, se entiende por guerras culturales (para algunos, batallas culturales) los conflictos o debates que no giran en torno a temas económicos o geopolíticos, sino que se enfocan en asuntos como la identidad, la religión, los valores morales, la historia o el estilo de vida de una sociedad. Se trata de una expresión metafórica en el sentido de que no son guerras armadas, sino que corresponden a disputas ideológicas sobre la hegemonía cultural: los valores moralmente aceptables, qué enseñar en las escuelas, cómo representar la historia o cómo estructurar las instituciones sociales. En ese sentido, las guerras culturales desplazaron, en parte, los tradicionales conflictos de clase, laborales o de desigualdades por conflictos morales e identitarios.

Surgimiento del concepto guerra cultural

El uso contemporáneo de la expresión guerra cultural constituye, en buena medida, una apropiación y tergiversación de algunos planteamientos de Antonio Gramsci. Como es sabido, en sus Cuadernos desde la cárcel, el pensador italiano cuestionó el marxismo ortodoxo, que situaba la economía como fundamento exclusivo de la política, y sostuvo que la cultura, las ideas y la construcción del consenso desempeñan un papel decisivo en el ejercicio del poder. Para Gramsci, una clase social no domina únicamente mediante la coerción, sino también a través de la producción de hegemonía, es decir, logrando que su visión del mundo sea asumida como sentido común mediante instituciones como la escuela, los medios de comunicación, la religión, las artes y otras instancias de la vida social. Aunque nunca empleó la expresión guerra cultural, sí desarrolló conceptos como lucha cultural y guerra de posiciones, entendidos como una disputa ideológica y cultural sostenida en el tiempo por la construcción o transformación de la hegemonía.

A partir de la década de 1980, diversos sectores de la nueva derecha resignificaron estas ideas en lo que algunos autores han denominado un gramscismo de derecha. Desde esta perspectiva, se asumió que la izquierda había conquistado la hegemonía cultural en ámbitos como la educación, los medios de comunicación, las universidades y otras instituciones, por lo que la prioridad política consistía en disputar el terreno de las ideas, el lenguaje y los valores. Es precisamente en este contexto en el que adquiere centralidad el discurso de la denominada guerra cultural, orientado a combatir aquello que estos sectores identifican como la hegemonía del progresismo y, más recientemente, de la agenda woke.

No obstante, hay que hacer aquí un llamado de atención importante, esta resignificación no constituye un simple debate cultural, sino una estrategia política que desplaza el conflicto social hacia el terreno de los valores, que, para algunos críticos, facilita la consolidación del proyecto neoliberal.

Dos proyectos políticos: el progresismo identitario y la derecha radical

Conviene aquí anteponer una aclaración: comparar los movimientos políticos progresistas y las derechas radicales y evidenciar su recurrencia común a ciertas estrategias discursivas, construcciones identitarias y disputas por la hegemonía cultural, no significa que sean proyectos políticos equivalentes. Los movimientos progresistas surgen de reivindicaciones orientadas al reconocimiento de derechos, la justicia social o la igualdad. La derecha radical, en sus distintas versiones, intenta mantener, a como dé lugar, la hegemonía y el status quo en los que la injusticia y las inequidades han sido la norma. La similitud radica en algunas de sus estrategias políticas, no en sus fines, claramente opuestos. Tampoco podría hablarse, en estricto sentido, de polarización, pues, los derechos defendidos y logrados por los progresistas son reconocidos ampliamente por la sociedad, contrario a lo que sucede con las demandas de la derecha radical. Aquí, la estrategia de la derecha, consciente de las críticas que se le hacen por extremismo, consiste en intentar ubicar al progresismo en un supuesto otro extremo, cuando, en realidad, no es así.

El progresismo identitario 

Este movimiento tiene como objetivos la lucha contra las injusticias sociales estructurales e históricas, el reconocimiento identitario, la ampliación del concepto de conocimiento más allá del canon y las voces autorizadas, y la sensibilización hacia el lenguaje inclusivo y el trato a la otredad, entre otros. Sus límites incluyen críticas como haber priorizado las políticas del reconocimiento sobre la redistribución económica, lo que terminó fragmentando las luchas de la izquierda y debilitando al sujeto político; y su excesivo énfasis en el lenguaje inclusivo, por lo cual, para algunos, desplaza la atención sobre problemáticas urgentes como la brecha salarial o la violencia de género.

Las nuevas derechas: nación, amenaza, salvación

Las derechas radicales plantean ideas que, aunque no son nuevas, se presentan como tales, al articularlas en narrativas que siguen el continuum: pérdida, amenaza, salvación. Retoman viejas ideas como nación y patria, y, acto seguido, las asocian al concepto de amenaza. Con esta estrategia, construyen un escenario de peligro que les permite introducir los sujetos de la amenaza o enemigos, -siguiendo la metáfora de la guerra-, que no son otros que quienes no pertenecen a la nación, es decir, los extranjeros o los inmigrantes, o, incluso, todos aquellos que no “encajan en el ideal de humanidad, referido al hombre blanco, heterosexual y, de preferencia, cristiano. De allí que sus reiterados lemas políticos incluyan: defender nuestra civilización, proteger nuestros valores, recuperar nuestro país. En los que utilizan el pronombre posesivo “nuestro” en oposición a un “ellos”, construido como un enemigo fantasma que quiere quitarnos lo “nuestro”. Y, para enfrentar este peligro, aparece un sujeto político que se construye como elegido, como salvador.

También, las derechas convirtieron los logros del progresismo en amenazas, en particular, los derechos reproductivos, el reconocimiento de la diversidad de género, la adopción por parejas del mismo sexo, el reconocimiento del multiculturalismo y las diferencias o el lenguaje inclusivo. Todos resumidos en lo que ellos denominan agenda woke, por lo que, de facto, ellos se autoproclaman anti-woke.

La derecha radical ve en las instituciones educativas uno de sus principales enemigos. Propone reconfigurar las universidades, ya que, según ellos, producen conocimiento ideológicamente sesgado. Buscan, entonces, revisar currículos, eliminar dependencias relacionadas con la diversidad, reducir financiación a determinadas líneas de investigación, y limitar programas con enfoques de género o críticos.

Las críticas a la extrema derecha o derecha radical son muchas y atañen prácticamente a cada uno de sus objetivos. Frente a la defensa de la identidad nacional, se le reclama que vuelve al pasado intentando construir identidades homogéneas que no existen en la realidad y que sólo buscan invisibilizar la diversidad interna, que, incluso, ha sido reconocida en muchas de las Nuevas Constituciones nacionales. Con esta práctica, favorecen formas de exclusión hacia las minorías étnicas, los migrantes y en contra de grupos religiosos con distinta fe a la profesada por ellos. Así, la derecha radical convierte la diferencia en amenaza.

Frente a las instituciones, es cuestionable que sus políticas debilitan las instituciones democráticas, limitan su autonomía, favorecen el intervencionismo y promueven formas de censura. Al, supuestamente, combatir la “cancelación” y la corrección política, dejan al descubierto sus evidentes contradicciones, pues su respuesta consiste en: prohibir libros, censurar contenidos escolares y restringir programas académicos.

El objetivo de volver a los valores tradicionales implica claramente limitar los derechos obtenidos por las mujeres y las minorías, volver a naturalizar las jerarquías sociales y reducir el reconocimiento del pluralismo moral, propio de las democracias.

Entonces, a modo de aclaración, las luchas culturales, que tienen como eje lo woke, se desarrollan en dos polos ideológicos diferentes: el progresismo y la derecha radical, que no deben confundirse con los partidos políticos de izquierda o derecha, estos se ubican en alguno de los polos, y, aunque defienden la mayor parte de sus agendas, no necesariamente las comparten en su totalidad. En el intermedio de estos, en el panorama político estarían los partidos políticos que se denominan de centro y priorizan temas como el desarrollo económico, la geopolítica o la gobernabilidad institucional y propenden por la reducción de lo que ellos denominan polarización. No es en este centro donde se libran las guerras culturales.

Lo woke, las guerras culturales y la educación

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Gobierno Trump contra programas de diversidad en escuelas
Fuente: https://n9.cl/05pjs

Hemos dicho que, en la actualidad, las instituciones son el lugar privilegiado de las guerras culturales, por lo que las escuelas y las universidades constituyen uno de los terrenos más disputados, en el que surgen tensiones en diversos ámbitos, en tanto, es allí donde se consolidan los valores de las futuras generaciones.

En primer lugar, surge la tensión en los objetivos mismos de la educación: formar ciudadanos o formar para la transformación social y la lucha por la equidad. Para los seguidores progresistas de lo woke, la educación constituye un acto político y, por tanto, emancipador. Siguiendo los postulados de la pedagogía crítica (Freire, Apple, McLaren, Kemmis), la Escuela no sólo es un lugar de transmisión de conocimientos, sino, un lugar donde se aprende a cuestionar, a reconocer y a desvelar las estructuras de poder para acto seguido, buscar su transformación. Por el contrario, para la derecha, la Escuela es un lugar de neutralidad ideológica, centrado en la transmisión de saberes académicos fundamentales y de valores tradicionales, por lo que rechazan que, según ellos, las aulas se utilicen para el activismo político o social.

La segunda tensión se relaciona con el debate sobre qué enseñar y cómo enseñar. Aquí se analizan temas críticos concretos como: la memoria histórica y cómo narrarla (por ejemplo, la idea de identidad nacional frente al colonialismo, la esclavitud o las injusticias estructurales); la educación en valores y la educación sexual, en las que se cuestiona hasta qué punto le corresponde a la escuela y no a la familia abordar los temas de género, la diversidad sexual y los roles tradicionales; la literatura y el canon, en los que se plantea una revisión de las lecturas obligatorias en los colegios, con un debate centrado en incluir diversos autores fuera del canon; la libertad de cátedra y la polarización escolar, que tiene que ver con la cotidianidad de las instituciones en la que, por ejemplo, en la educación básica y media se ha intensificado la vigilancia sobre el docente, la regulación sobre el tratamiento de ciertos temas en las aulas, y la prohibición de libros. Y, en las universidades se debate sobre la libertad de cátedra, la hegemonía del pensamiento progresista y, según algunos detractores de derecha, la censura de profesores y estudiantes que no comparten estos idearios.

Un tercer tema, muy controversial, en especial en países como Estados Unidos y Brasil tiene que ver con el debate entre la meritocracia y la equidad, a través de las políticas de discriminación positiva y la eliminación de evaluaciones estandarizadas en favor de criterios de diversidad e inclusión. El debate aquí se centra en si el modelo educativo debe basarse de manera estricta en el mérito individual y el esfuerzo o, por el contrario, debe orientarse a corregir desigualdades históricas que han puesto a algunos estudiantes en desventaja.

¿Y la religión, qué papel juega?, ¿por qué vuelve a las escuelas?, o ¿nunca se fue?

El retorno de la religión no constituye un simple fenómeno naciente del avivamiento de la espiritualidad en los tiempos actuales, sino un problema político.  En 2001, el sociólogo y teórico de la educación, Michael Apple publicó un libro que se tradujo al español Educar como Dios manda. El autor explicaba, bajo el término “restauración neoconservadora”, cómo existía una alianza entre los sectores políticos conservadores, los religiosos y los dueños del capital para retomar el control de la escuela pública, que se enfrentaba a las reformas progresistas de la segunda mitad del siglo XX.

Apple planteó que la reaparición de la religión y de los valores tradicionales respondería a varios factores. Primero, a la idea de que la religión es el mecanismo de anclaje frente a la volatilidad de la modernidad. La deconstrucción de los roles de género, la liquidez de las identidades, la globalización y la aceleración tecnológica, habrían dejado sin piso firme y desorientada a buena parte de la población: la religión ofrecería un sistema claro y estable de normas para la vida.

Segundo, existe una alianza estratégica entre el neoliberalismo y la religión, que favorece los centros privados frente a los públicos y la idea de que la educación se puede hacer por fuera de las escuelas, en las casas o en escuelas hechas a la medida de las necesidades del estudiantado, especialmente en la formación para el mercado.

Y, tercero y último, hay una apelación al discurso de los derechos (libertad religiosa, libertad de conciencia, derecho de los padres a educar a sus hijos) para exigir presencia y capacidad de veto en el currículo escolar.

De esta manera, la renovada aparición de sectores religiosos conservadores y fundamentalistas en la política contemporánea, muestra que la religión realmente nunca se fue y que las escuelas constituyen el escenario por antonomasia donde se libran las batallas más importantes, como decidir qué sujeto formar, con qué valores y para qué tipo de futuro.

A modo de cierre

Hay algo que no debemos olvidar y a lo cual debemos estar atentos, -estar woke, diríamos, sin caer en polarizaciones políticas ni en ideas que anulen, violenten o no den espacio al diálogo ni a la coexistencia: mientras existan inequidades, injusticias y exclusión, el profesorado y las instituciones escolares, en general, tenemos el deber ético de combatirlas.

También debemos estar atentos a defender los logros históricos que se han obtenido con las luchas sociales, que en la actualidad son atacados por las derechas, que se sienten perdedores en las guerras culturales y, en algunos países, han vuelto al poder con la excusa y promesa de recuperar ese terreno perdido.

Pienso en personas como la designada ministra de Educación, quien, como jurista, olvida que existe una Constitución Nacional que reconoce a Colombia como un Estado laico y la autonomía de las instituciones educativas.

Recordarle también la Sentencia C-055 de 2022, que despenalizó el aborto hasta la semana 24 de gestación; la Sentencia SU-214 de 2016, que legalizó el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, la Sentencia C-577 de 2011, que reconoció a las parejas de mismo sexo como familia o la Sentencia C-683 de 2015, que ordenó que la orientación sexual o la identidad de género no sean impedimento para la adopción en Colombia. Según Morales, todas estas “amenazas” a los valores cristianos que el país debe recuperar.

A la ministra Morales, es importante recordarle que sacar a Marx de las aulas, e introducir a Dios, no puede ser el objetivo de una ministra de Educación en un país como Colombia y en este siglo. Primero, porque la amenaza que ve la señora, y el presidente, no son reales, Marx dejó de ser tema en las aulas desde que las políticas educativas neoliberales y, de derecha, reformaron las facultades, los programas académicos y los currículos y dejaron por fuera la historia, la economía y la política. Y, segundo, porque, como ya mencioné, en un país laico, imponer a Dios contradice los principios constitucionales. Colombia es un país laico, multicultural y diverso, así no le guste a la derecha.

Por último, es importante tener en cuenta que las guerras culturales pasarán o vendrán otras, pero la educación permanecerá, por más que algunos pronostiquen su fin. Por ello, el reto para maestros y estudiantes consiste en impedir que la escuela se convierta en un simple escenario de disputa ideológica, y, en cambio, conservarla como el espacio de formación de ciudadanos reflexivos, críticos, propositivos y capaces de convivir en la diferencia.

  • 1Pre-textos no utiliza citas bibliográficas, su objetivo es familiarizar a l@s maestr@s con conceptos y teorías que tengan alguna relación con la educación y favorecer su comprensión.
  • 2Se mantiene el término en inglés por no haber hasta ahora una traducción que lo integre en sus dos acepciones: i) estar alerta ii) el conjunto de objetivos que persigue. Quizá lo más cercano sería “agenda progresista”, pero aquí la primera acepción quedaría por fuera.